No soy de banderas ni de bandos,
ni política cansada de promesas;
soy voz que defiende la vida,
hoy, mañana y siempre, aguerrida.
¡Que se calle el rugido salvaje
de la guerra!
Sus pasos de hierro
van dejando ciudades enlutadas,
un sabor a muerte
que ahoga a la esperanza.
Su crueldad es un monstruo sin razón,
una fiera que devora la vida.
¡Qué inhumano
se vuelven sus fauces
cuando deja con hambre y sin trabajo
a niños, mujeres y ancianos!
¡Mirad cuántas lágrimas desbordándose,
como ríos sin cauce,
como agua abundante por los caños!
La guerra es un acto condenable;
los que la encienden
son hijos de la sombra.
No tienen corazón ni alma,
su codicia es bestia malsana
que arranca vidas
sin piedad ni remordimiento.
Mas llegará la hora del juicio:
los que promueven las guerras
darán cuenta a Dios
de cada sueño truncado,
de cada sangre inocente derramada.
Dios mío,
que los actos de hombres desquiciados
no te obliguen jamás
a lamentarte de haber creado al ser humano.
Edith Elvira Colqui Rojas – Perú
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