El amor no muere en la tumba
Fui al cementerio a visitar a mis padres,
en aire de agradecimiento,
en sol de alegría y contento.
Sé que esta vida es ave pasajera,
que se esfuman sus voces longevas;
mas la fe en la vida eterna
alienta mis pasos y me serena.
El aire estaba quieto,
y el sol caía suave,
como si también supiera
que no todo en la muerte es tristeza.
Me quedé ahí,
mirando sus nombres,
recordando sus voces
que aún me hablan bajito
cuando la vida llora y pesa.
Sé que esta vida
es apenas un paso,
un vuelo corto
que no avisa cuándo termina;
y duele pensar
que ya no puedo abrazarlos.
Pero hay algo
que no se rompe,
que no se entierra,
que no se olvida:
su acendrado amor
que no muere en la tumba.
Mi esperanza no se apaga,
pues la palabra de Dios
me da confianza:
“En la casa de mi Padre
muchas moradas hay”.
Entre flores secas
y silencios largos,
siento que no estoy sola,
que de algún modo
siguen conmigo.
Padre, madre:
lucharé para ganar mi pasaje
a la eternidad;
intercedan por mi lucha,
recen por sus sobrinos y mis hermanos.
Nosotros nos quedamos
peregrinando en la tierra;
pronto nos volveremos a ver
en la patria celestial,
con rosas de paz y descanso.
Porque aunque ya no estén,
me dejaron todo:
la forma de amar,
el valor para seguir,
y este corazón
que todavía los busca.
Regreso a casa reconfortada,
seguiré las huellas honestas de mis padres,
seguiré sus consejos de oro,
para ser digna
de la Jerusalén eterna.
Dios, dame valor y fuerza
para que mi camino derecho no se tuerza.
Entiendo
aquí, en medio del silencio,
que hay ausencias
que duelen toda la vida,
pero su luz
acompaña para siempre;
el amor no muere en la tumba.
Edith Elvira Colqui Rojas-Perú
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