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YO CONFIESO, SEÑOR
Yo confieso, Señor,
que la espina de la inquina me ha punzado
al ver el despilfarro de unos
y el estómago vacío y callado de otros.
Confieso que he querido llorar al ver
al huérfano desamparado,
al niño explotado,
y me he quedado presa
en la impavidez de las letras.
Confieso también que he querido mentir a todos,
me he querido mentir a mí misma,
creer que vivo en un planeta de rosas,
donde no hay pobreza ni gente indigente;
que me he cubierto de boato y de sordera
para no escuchar noticias crueles
de hombres sin alma ni corazón.
Confieso que he sido un muñeco ciego,
que no me atreví a luchar por el necesitado,
que no le ofrecí mi capa
ni mi sombrero.
Confieso que soy poeta frágil,
que mi voz no ha alcanzado
las esferas de la UNICEF
para evitar lágrimas
de niños atrapados en la guerra.
Me hago un mea culpa,
me lanzo latigazos de conciencia
por querer vivir feliz
a espaldas de quienes lloran y gimen
en este planeta de dura piedra.
El dolor se reparte como mantas desiguales:
a unos apenas les rozan los hilos,
y a otros les cala hasta los huesos.
Porque si el sufrir es frazada inevitable para unos
y ajena sábana para otros,
quizá mañana se voltee la rueda de la vida,
y seamos nosotros
quienes necesitemos
aliños compasivos y la mano
de aquellos estigmatizados como pobres.
Edith Elvira Colqui Rojas-Perú

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