Florecillas heridas
(Poema a las niñas fallecidas en Irán)
Pequeñas, inocentes florecillas,
silenciosas en mortajas,
desfallecidas
por un clima de guerra demencial.
Sus pétalos fueron arrancados
sin piedad;
sus ilusiones, carruseles de colores,
ya no hablarán más.
Sus voces se desvanecen en gritos de tierra;
en Minab la esperanza se quiebra.
Manos pequeñas que buscaban respuestas
reposan ahora
en ecos de heridas expuestas.
¿Cómo nombrar tanta inocencia arrancada?
¿Cómo coser la herida que no sana?
Son flores que el sol quiso quemar
y que el cruel viento decidió marchitar.
Que su dolor no sea olvido ni pena,
que su memoria sea fuerza que truena;
en cada lápiz levantado, en cada niño en pie,
se oiga el murmullo del viento
gritando:
las guerras tienen manos injustas.
Mientras los Estados juegan ajedrez
con mapas y petróleo,
la infancia paga el precio
de su soberbia.
¿Quién declaró la guerra
contra las azucenas,
las margaritas
y las gerberas?
¿Quién decidió que la vida
vale menos
que un bien terrenal?
Eran niñas.
No ejércitos.
No amenazas.
Eran risas que apenas aprendían
a pronunciar la palabra futuro.
Y el cielo de Irán —
ardiendo en decisiones ajenas —
se volvió tumba
por culpa de hombres
que hablan de poder
y olvidan la palabra humanidad.
La muerte no empieza
cuando cae la bomba.
Empieza cuando un Estado
elige el ego
antes que la vida.
Empieza cuando la ambición
se disfraza de seguridad,
cuando la política
pierde el alma.
Pero escuchen —
ustedes que firman decretos
desde escritorios intactos —:
la sangre de una niña
es más poderosa
que cualquier bandera.
No habrá paz
mientras la vida
sea moneda de cambio.
No habrá justicia
mientras el poder
valga más que un corazón.
Que su memoria
no sea estadística:
que sea conciencia,
que sea grito,
que sea fuego que despierte.
Porque si callamos,
la muerte gana.
Y si recordamos,
si actuamos,
si exigimos humanidad,
entonces la vida,
con sus flores heridas,
aún puede florecercon su candidez.
Edith Elvira Colqui Rojas-Perù
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