Hombre de la calle un frío cruel oscurece tu valle,
lluvia de soledad y dolor respiran tus huesos,
mantas de indiferencia se adhieren a tu piel cansada.
¿Quién se conmueve con tu silencio de piedra?
¿Quién te ofrece una cobija, un plato tibio,
unas monedas que abriguen tu noche?
No importa por qué estás ahí:
por abandono, por azar, por pobreza,
por un trabajo que nunca llegó.
Importa que tu carne sufre,
que tus manos piden ayuda a gritos.
Me duele verte así,
me duele tu dolor,
me duele tu abandono.
Prójimo cercano, Dios recompensará tu acto callado,
ese gesto humilde que no reclama aplausos
y que alivia, siquiera por un instante,
el peso que doblega a tu hermano.
Oye, mundo inhumano:
la calle no borra la pintura de dignidad del hombre;
cada gesto es una luz que quiebra el aire helado
de la indiferencia frente al hermano humano.
Edith Elvira Colqui Rojas – Perú

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